En el Colegio Heidelberg, cada docente aporta su experiencia y pasión a la enseñanza, creando un entorno educativo enriquecedor y estimulante. En esta ocasión, entrevistamos a Gabriel Arencibia Aguiar, maestro de Infantil, responsable de psicomotricidad y dinamizador del aula Reggio Emilia en el Kindergarten. A través de sus palabras, descubrimos su enfoque pedagógico, su pasión por la enseñanza y su visión sobre la educación infantil.

¿Cuál es tu trayectoria en el colegio?

Soy maestro de Infantil, responsable de la psicomotricidad y de dinamizar el aula Reggio Emilia en el Kindergarten.

¿Cómo decidiste dedicarte a la educación infantil?

Hace ya mucho tiempo, cuando cursaba el primer curso de la carrera de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, comencé a trabajar —para ganarme un dinerillo— como monitor en las actividades extraescolares que organizaba el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria.

Un año me encargaron la actividad de psicomotricidad; en su momento no sabía bien lo que era, pero aquello me abrió un universo fascinante que me llevó a querer estudiar la carrera de Magisterio y profundizar en la primera infancia.

Desde luego, aquella psicomotricidad realizada hace ya 28 años solo mantiene con mi práctica actual la pasión e interés por este campo, que sigue suscitándome un enorme interés.

¿Qué es lo que más te inspira al trabajar con niños pequeños?

El trabajo docente está cargado de una enorme responsabilidad y también me permite desarrollar todo el entusiasmo creativo. Cuando estoy montando me siento más artista que maestro, y cuando observo, analizo e intento ofrecer variaciones a las sesiones para potenciar los aprendizajes en niños y niñas, percibo más la parte pedagógica. Me gusta la relación de estos dos mundos dentro de uno mismo: arte y pedagogía.

Mi objetivo siempre es ofrecer a niños y niñas experiencias significativas que puedan transformarlos y hacerlos mejores personas. Y, por supuesto, darles un buen motivo para que deseen volver al colegio cada día.

Diseñar estas experiencias requiere de esfuerzo físico, intelectual y creativo. Aunque el mayor reto es romper con el narcisismo docente, con el: “yo enseño, tú aprendes”. Esa relación jerárquica de la adultez respecto a la infancia debe desaparecer para que encontremos una escuela más democrática, con niños y niñas críticos, capaces de transformar su realidad, de arriesgar sin miedo al error, de pensar éticamente y actuar creativamente, de relacionarse en comunidad y, en definitiva, de no dejar de hacerse preguntas para que no muera esa curiosidad por aprender que viene de serie.

¿Cuál es tu momento favorito del día con los niños en el aula?

Convivir con la infancia está lleno de momentos extraordinarios. Es un privilegio aprender con ellos viendo cómo relacionan campos del aprendizaje que en la adultez aparecen parcelados. Me sigue asombrando la capacidad que tienen —niños y niñas— de encontrar soluciones creativas y de cómo son capaces de conectar lo imaginario y lo real, la fantasía y la ciencia. La divergencia de su pensamiento les permite reconfigurar la realidad y dotar a los objetos cotidianos de nuevas narrativas. Creo que el futuro buscará estos talentos.

También disfruto mucho elaborando hipótesis sobre cómo los niños y niñas actuarán en las propuestas diseñadas, no dejan de sorprenderme. Y, por supuesto, con la observación del juego; en el intento de decodificar y comprender sus acciones. Es un territorio de enorme complejidad que, a pesar de que sigue una estructura definida, exige de experiencia e investigación. Siempre digo que observar el juego es como leer poesía; lo esencial sucede en lo subterráneo, alejado de lo aparente.

¿Qué actividad o dinámica disfrutan más los alumnos en tu clase?

Creo que cuando encuentran el espacio montado con elementos novedosos y que les posibilita múltiples maneras de explorarlo y poder ensanchar sus investigaciones, siempre a través de la acción lúdica. Inmersos en la sesión, muchas veces no quieren ni ir al recreo.

El juego en la infancia es el “pensar” de los adultos, y la actividad lúdica está vinculada al pensamiento creativo. No hay nada más transformador que sentirse creador.

¿Qué valores o habilidades te gusta transmitir a los niños en esta etapa tan importante?

Me gustaría que aprendieran a ser íntegros y honestos, a ser empáticos y a relacionarse con lo distinto sin temor a esa alteridad. A buscar soluciones creativas ante problemas comunes entendiendo que sus compañeros no son sus competidores y que juntos avanzarán más lejos.

A mantener una relación poética con la vida, disfrutando de los pequeños matices que la cotidianidad ofrece.

Trabajamos desde la primera infancia con el foco puesto en ese perfil Heidelberg 360 (íntegros, reflexivos, buenos comunicadores, equilibrados…).

¿Cuáles son los mayores retos que enfrenta la educación infantil actualmente?

Ante todo, creo que hay que cambiar la mirada hacia la infancia, escucharlos y confiar en ellos plenamente, dándoles el valor que merecen sus ideas y creaciones. Debemos abandonar la vulgarización e infantilización que rodea la escuela infantil y trazar imaginarios más potentes, de mayor calidad visual.

La educación infantil ha sido, tradicionalmente, una etapa minusvalorada y vinculada a lo asistencial y, en absoluto, es así. Los aprendizajes más importantes de la vida suceden durante este espacio y habría que prestarle la atención que merece.

Los nuevos currículos de educación infantil empiezan a poner en valor la etapa y a entender la relevancia que tiene aumentar la calidad en los primeros años de escolaridad.

Tengo la sensación de que la escuela, en general, necesita mucho tiempo para transformarse, que reacciona lento y llega muchas veces tarde a las actualizaciones que la investigación nos brinda. Por ejemplo, la neuroeducación está ofreciendo datos sobre el funcionamiento del cerebro en el aprendizaje y tenemos el reto de acoger esos conocimientos, para transformarnos y ofrecer, por ejemplo, dentro de un mismo espacio, diferentes maneras de aprender y enseñar dando respuesta a la neurodiversidad.

El aula, como espacio educativo, también creo que debe ser repensado.

Y, por último, creo que debería haber un I+D en educación infantil e involucrar a maestras y maestros. Sin un buen docente, nada de lo anterior tiene sentido.

¿Podrías recomendarnos un libro, una canción y una película?

  • Un libro: Para el salto, la palabra, de Miguel Pérez Alvarado, premio Tomás Morales de poesía y, además, exalumno del Colegio Heidelberg.
  • Una canción: Love For Sale de Miles Davis, con Bill Evans y Coltrane.
  • Una película: El tercer hombre, de Carol Reed.